Ayer me acordé.
Yo tenía cerca de 16 años en aquellos años en que mi hermana mayor se sacaba un dinerillo extra en las fechas de comienzo de curso. Ella cogía su valiosa minolta, su trípode, su flash, un retal de tela blanco y una silla de camping. Elegía una facultad (decía que la de informática era la más aburrida, pero la que más pasta daba), y durante las dos primeras semanas de octubre, se plantaba en la puerta con un cartel que anunciaba “fotos carné. 16 por 600 pesetas.” Recetas de amarres vela.
Amarres (4)
Cuando volvía a casa por las tardes, se encerraba en el baño con su ampliadora, sus líquidos, y plantaba un tajante aviso en la puerta que decía “revelando. NO PASAR”. Después de un par de horas encerrada con su luz roja, salía dejando unas cuantas tiras fotográficas llenas de pequeñas caras colgadas de la barra de la cortina sobre la bañera.
A la mañana siguiente se levantaba la primera de todos, recogía todas las fotos antes de que empezara la incesante ronda de duchas de mi numerosísima familia, las cortaba, las empaquetaba en sobrecitos de color marrón sobre los que escribía un nombre, y volvía a ir a la facultad a encontrarse con nuevos rostros para fotografiar.
Al principio era raro, porque cuando entrábamos al baño cualquiera del resto de la familia, pues cortaba un poco. Era inevitable sentirse observada por esos diminutos rostros repetidos, unos sonriendo, otros con cara de sueño, otros con el moreno reciente de las vacaciones, otros con la mala cara que les dejaba el tener que matricularse de nuevo de las asignaturas que han vuelto a quedar, otros que habían salido con los ojos a medio cerrar (por aquella época las cámaras no eran digitales y no podías saber si las fotos habían salido bien hasta revelarlas), otros sonrientes Recetas de amarres vela…
Puede parecer una tontería, pero a lo mejor ya sé por qué hay veces que me suena la cara de la gente y no sé de qué.
Advertisements